“Irlanda
del Norte como falacia” (Editorial de EL MUNDO)
«Determinación» para un proceso
que será «largo» y tendrá «altibajos» fue la recomendación que Tony Blair hizo
ayer a Zapatero de cara a su negociación con ETA. Quizá para estas alforjas no
hacía falta tanto viaje, pero el presidente español se mostró muy agradecido a
su homólogo británico. Al fin y al cabo, su «ayuda» en el proceso de paz
español sirve a otros fines: poder decir a los españoles que el primer ministro
británico contó con un «apoyo generalizado» de la oposición que Zapatero
querría y no tiene. Es parte de la red de seguridad que el Ejecutivo lleva
meses tratando de poner al potencial fracaso de su empresa, consistente en
hacer creer que, si el proceso fracasa, la culpa será del PP. Como ayer reiteró
el portavoz socialista, Acebes, no ETA, es el «principal obstaculizador» de la
paz.
Aunque el caso español y el
norirlandés no son homologables, puestos a establecer paralelismos, lo único
que se puede exigir al Gobierno es que los haga de forma veraz y sin hurtar
información a los ciudadanos. Así pues, no deberían omitir el hecho esencial de
que Blair obtuvo el apoyo de John Major porque mantuvo en lo fundamental la
política antiterrorista de su antecesor.
Asimismo, al poner como ejemplo el
proceso norirlandés, debería recordarse que éste no surgió de un diálogo con el
IRA como el que ahora se pretende con la banda terrorista ETA, sino que partió
de la derrota asumida de aquel grupo armado y su renuncia expresa a las
aspiraciones maximalistas de autodeterminación. De hecho, en cuanto las
negociaciones para el desarme efectivo no iban por el buen camino, Blair no
tuvo ningún reparo en suspender la débil autonomía norirlandesa, cuyo
Parlamento sigue hoy paralizado. Fue la firmeza de tories y laboristas en este
punto la que hizo entender al IRA y sus acólitos del Sinn Fein que el
terrorismo era ineficaz y había que renunciar a él sin contraprestaciones.
La unidad de los dos grandes
partidos británicos supuso la debilidad del IRA, igual que en España la unidad
que socialistas y populares lograron con el Pacto contra el Terrorismo llevó a
ETA a su momento de máxima debilidad. Hoy, sin embargo, el Gobierno prefiere la
estrategia de mostrar que el PP está solo, aunque para ello tenga que recurrir a
la internacionalización del proceso, estrategia que no por casualidad fue la
que siempre persiguió ETA.
Editorial publicado
por el diario EL MUNDO el miércoles 4 de octubre de 2006. Por su
interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.
“La
lección del proceso irlandés” (Editorial de LA RAZON)
Sólo tras la
derrota política sin paliativos de los terroristas aceptó Londres sentarse a
negociar
Es perfectamente comprensible que
el presidente del Gobierno busque el respaldo mediático del primer ministro
británico, Tony Blair, para presentar ante Europa la negociación emprendida con
una banda terrorista. Echar mano de Blair, aunque sea uno de los de «la foto de
las Azores», que tantas invectivas provocó en el socialismo español, aún es
rentable, pues su imagen exterior no ha sufrido desgaste en la misma medida que
lo padecido en el plano doméstico, al tiempo que le avala el éxito del proceso
de paz irlandés. Sin embargo, no debería permitir Zapatero que la entrevista
con su colega británico indujera a la identificación de los procesos de
negociación de Irlanda del Norte con el que se mantiene actualmente con ETA. Y
no debería permitirlo porque, además de tratarse de una falacia, esa asociación
de ideas ha sido sistemáticamente propalada por el nacionalismo, en la búsqueda
de la legitimación internacional del supuesto derecho de autodeterminación del
pueblo vasco. Aunque, eso sí, ocultando cuidadosamente que el origen del
proceso de pacificación de Irlanda del Norte se basa, precisamente, en la renuncia
a la autodeterminación por parte de los republicanos del IRA. Si Tony Blair, al
que debemos suponer suficientemente informado de la política interna española,
es capaz de transmitir la realidad de la negociación del llamado «Acuerdo de
Stormont» y, en especial, de la base ideológica sobre la que se firmó el pacto,
habrá hecho un magnífico servicio a su colega español. Porque, ciertamente, y
es el único paralelismo que puede establecerse, el proceso de paz del Ulster
supuso la renuncia del IRA al soberanismo en una Irlanda unificada, a cambio de
un estatuto de autonomía en un territorio británico. Esa derrota política sin
paliativo alguno de los terroristas, por la que, además, se reconocían los
derechos nacionales de la comunidad protestante, fue la condición inequívoca e
insoslayable que permitió a Londres sentarse a negociar sin merma de la
dignidad del Estado. Condición que, por supuesto, llevaba añadida la entrega de
las armas. Esa es la gran lección que debe extraer el Gobierno de Zapatero del
proceso irlandés y que debe trasladarse alto y claro a los terroristas de ETA:
que la soberanía nacional reside en la voluntad del conjunto del pueblo español
y no admite transacciones. En otras cuestiones, como la reinserción de los
delincuentes, el ejemplo de Irlanda no sirve: aquí no ha habido dos bandos en
lucha; sólo unos asesinos matando a inocentes. Estas son las principales
lecciones que Zapatero puede extraer de sus conversaciones con Blair sobre ETA,
y parece ser que la de ayer no ha sido la primera. Que el mandatario británico
haya elogiado el esfuerzo de su colega español debe tomarse como lo que es:
cortesía y expresión de buena voluntad, «sin entrar en cuestiones internas».
Editorial publicado por el diario LA RAZON el miércoles 4 de octubre de 2006. Por su
interés informativo reproducimos íntegramente su contenido.
“El
gilipollas” por Ignacio Camacho
Este Tony Blair junto al que se
retrata con arrobo el presidente Míster Sonrisa, ¿no era el mismo que se hizo
la foto de las Azores con Bush y Aznar? ¿No era el odioso izquierdista
arrepentido que ejercía de lacayo del Imperio en sus mentiras sobre las armas
de destrucción masiva? ¿No era el jocoso comensal que en las sobremesas de
Moncloa se burlaba con el Hombre del Bigote de las masivas manifestaciones de
rechazo a la guerra de Irak? ¿No era éste, en fin, el tipo al que el primer
ministro de Defensa de este Gobierno, José Bono, trató delicadamente con un
calificativo muy apropiado? ¿Cómo fue aquello que dijo Bono? Ah sí, ya
recuerdo: «Este Blair es un poco gilipollas...»
Pues he aquí al gilipollas en
cuestión, el amigo de Aznar, el mamporrero de Bush, convertido en mentor y
consejero del «proceso de paz». Misterios de la política: ¿cómo puede dar
consejos sobre la paz un adalid de la guerra? Ah, es que se trata de otra
guerra. Y, sobre todo, se trata de que el que lo recibe con su sonrisa desplegada
no es ya el líder que estaba detrás de las pancartas callejeras cuando Blair se
reía de ellas en un comedor privado de Moncloa, sino el que aprieta el botón
del timbre de ese comedor para que un camarero de uniforme sirva el café. Salto
cualitativo esencial, desde cuya nueva perspectiva el antiguo paje imperialista
se transforma en el Príncipe de Stormont que ilumina el camino para acabar con
el terrorismo. No, no es doble rasero. Es doble moral, o más bien una moral
política dobladiza que se pliega justo por el filo del poder.
Sentado ese pragmático principio,
el primer ministro británico se alza como avalista de la negociación con ETA y
asesora a Zapatero sobre los delicados pasos que requiere un baile tan
peligroso. Recordemos los que él dio en Irlanda: 1. Se negó a sentarse con los
bandos en conflicto (dos, enfrentados entre sí) mientras continuase la
violencia. 2. Concedió como máximo precio de la paz una autonomía inferior a la
que el País Vasco posee desde hace más de un cuarto de siglo. 3. Practicó
excarcelaciones a cuentagotas, y siempre que los presos beneficiados pidiesen
perdón y abjurasen en público de la violencia. 4. Se reservó el poder de volver
a encarcelar a quienes incumpliesen su compromiso. Y 5. Suspendió a la mínima
contrariedad la precaria autonomía del Ulster, hasta hoy. Todo ello, con el
respaldo de la oposición.
A ese proceso se apuntarían muchos
españoles, pero es dudoso que ETA lo aceptara. Por tanto, el consejo de Blair
será más bien una oferta de mediación, que quizá ya lleve tiempo produciéndose.
Y la foto conjunta, un respaldo a la internacionalización que tanto han
perseguido los batasunos y sus siniestros mentores. A Blair, claro, eso le da
igual. Él ya ha triunfado, está de retirada y quizás en su cordial media sonrisa
brille un rictus de silenciosa revancha. El «gilipollas» de la guerra ha vuelto
bajo palio como Príncipe de la
Paz...
Publicado por el
diario ABC el miércoles 4 de
octubre de 2006. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su
contenido.