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“Generalísimo Zapatero” (Editorial de THE WALL STREET JOURNAL)
Franco estaría orgulloso
En los últimos meses J. L. Rodríguez Zapatero prometió en repetidas ocasiones revertir el rumbo de la política exterior española. Resulta, no obstante, sorprendente que el nuevo presidente del Gobierno quiera retroceder todo el camino hasta la era de Franco.
Un día después de su jura ceremonial, Zapatero ordenó el domingo el regreso de los 1.430 soldados españoles de Irak. Dice que sus electores quieren las tropas en casa y pronto. Quizá es así. El trauma de los atentados con bombas en Madrid el 11 de marzo movilizó a los votantes socialistas, que antes de ello tenían pocas esperanzas de que su partido obtuviese el poder. Sin embargo, la repentina medida de Zapatero representa más un mantenimiento del aislacionismo y, sí, el antieuropeismo que caracterizaron las cuatro décadas en el poder de Francisco Franco.
Parece como si el viejo dicho del Generalísimo “Europa acaba en los Pirineos” se puede volver a oír en Varsovia, Roma, Londres, La Haya, Copenhague y otras capitales que han enviado tropas a Irak. El precipitado repliegue español deja a esos europeos, ante todo a los polacos, plantados. Las tropas españolas sirvieron honorablemente en el contingente de mantenimiento de la paz mandado por los polacos en el sur de Irak.
La ruptura española de filas llega justo dos semanas antes del previsto ingreso en la UE de Polonia y otros nueve nuevos miembros. Los diez, salvo los minúsculos Eslovaquia, Malta y Chipre, enviaron soldados a Irak. Incluso diplomáticos franceses y alemanes, que estaban bastante contentos con la partida del firme J. M. Aznar del palacio de la Moncloa, han quedado pasmados con el repentino giro de la política española por parte de su sucesor.
Otro tanto cabe también decir del compromiso español con otra institución occidental por la que Franco sentía gran desprecio: la OTAN. Las tropas españolas, según fuentes fiables, estuvieron moviéndose anárquicamente fuera de zonas de combates y con poca coordinación con los mandos aliados, poniendo así en peligro las vidas de otras tropas de la coalición y de iraquíes.
Por el momento, serán los iraquíes que en las zonas de Nayaf y Diwaniya agradecían la ayuda española en proporcionar seguridad para la reconstrucción quienes más sientan el impacto de la política de Zapatero. Los españoles deben entender mejor que la mayoría de los europeos las dificultades de la transición de una dictadura a una democracia. Tras la muerte de Franco en 1975, España recibió una enorme ayuda de la UE y de la OTAN; los iraquíes sólo piden una asistencia similar.
Los socialistas tampoco pueden afirmar con credibilidad que la lucha contra el terrorismo en el país no está vinculada con Irak. Los investigadores españoles hallaron nexos entre la célula madrileña de terroristas y Abu Musab Al Zarqawi, un jordano del que funcionarios estadounidenses creen que está dirigiendo la campaña terrorista en Irak. Es probable que Zarqawi tuviese parte en la muerte de 11 soldados españoles en Irak, así como en la de los 191 pasajeros de trenes de cercanías el 11 de marzo. Sin embargo, en lugar de combatir el terrorismo en sus fuentes en Irak, Zapatero ha optado por la retirada.
El nuevo Gobierno trata de describir la retirada como democracia en funcionamiento o un ilustrado compromiso con algún imaginario proceso en la ONU. En realidad, hacen todo para evitar la obvia conclusión de que el terrorismo funciona. Sin embargo, Al Qaeda no se lo creerá. Y el apaciguamiento no es a los ojos del apaciguador, sino del apaciguado.
Zapatero da la impresión de que él, como Franco, piensa que España se puede retirar a una concha para alejarse así de los problemas del mundo. Sus notas de antiamericanismo también recuerdan a los tiempos de Franco. Las políticas de dicha era no fueron provechosas para España. Cuando el extremismo amenaza por igual a todas las democracias abiertas, el que un país intente optar de algún modo por salir de la lucha es una ilusión especialmente peligrosa en el mundo actual.
En ocho años, Aznar labró un papel sin precedentes para España en una UE en ampliación, en la OTAN y en América Latina y del Norte. No siempre se sentían cómodos los españoles bajo los focos, pero la España de Aznar tenía influencia. Puede que Zapatero quiera explicar a sus votantes cómo reducir el protagonismo de España en los asuntos mundiales puede servir a sus intereses.
Si las consecuencias de su marcha atrás pudiesen ser confinadas en las fronteras españolas, el resto del mundo no tendría necesidad de preocuparse, pero la huida de Zapatero del peligro aumenta los riesgos para todos. Los terroristas que tomaron estos días rehenes japoneses e italianos creen claramente que bastará poco –como lo ha demostrado España- para que otros aliados corten y corran. Habiéndose manifestado tan eficaz en Madrid, seguramente se volverá a probar el terrorismo en tiempos de elecciones.
El nuevo líder español, cuyo abuelo fue fusilado por un pelotón de Franco, llega al cargo con poca experiencia. Quizá aprenderá con el tiempo, pero su primera decisión en política exterior retrotrae a España a una era que los aliados creían equivocadamente que estaba bien enterrada.
Editorial publicado en THE WALL STREET JOURNAL el martes 20 de abril de 2004. Por su interés informativo reproducimos íntegramente su contenido. |